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#AnimalesNoDebenSerEnjaulados

  • 22 feb
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 23 feb


El 19 de febrero no fue un acto simbólico en el Colegio Campestre La Fontana, sino una jornada de acciones concretas en defensa de la vida animal.


El grupo PRAE lideró una significativa actividad con todos los grados de la primaria y el bachillerato, desde primero hasta undécimo. Los estudiantes reflexionaron en grupo sobre el tráfico ilegal de especies, la pérdida de hábitats, la contaminación de ríos y la captura de fauna silvestre. Al mismo tiempo, se fueron construyendo compromisos claros. Tampoco fue una jornada decorativa, sino un ejercicio crítico frente a prácticas que afectan la biodiversidad.


Pero el momento más significativo no ocurrió en el aula, pues funcionarios de Cormacarena, máxima autoridad ambiental del departamento del Meta, llegaron a la institución, no para ofrecer una conferencia sino para realizar una acción concreta: el rescate de dos tortugas que habían tenido como hogar temporal el colegio. Gracias a la gestión del PRAE, se coordinó el proceso para que estos animales regresaran a su hábitat natural, donde realmente pertenecen.


La escena fue silenciosa, pero contundente. Los estudiantes observaron cómo las tortugas eran entregadas a la autoridad ambiental para iniciar su proceso de reubicación. No hubo aplausos exagerados ni dramatismo innecesario. Hubo comprensión. Entendieron que proteger la vida animal no es poseerla, ni exhibirla, ni convertirla en símbolo; es garantizar que cada especie pueda vivir en el entorno que le corresponde.


Esa acción concreta dio sentido a toda la jornada. Porque hablar de conservación es importante, pero actuar en coherencia lo es aún más.


Durante los espacios de socialización, las voces de los estudiantes dejaron ver una postura más madura frente al tema. “Respetarlos, amarlos y protegerlos es nuestra responsabilidad”, expresaron los estudiantes de grado tercero. Desde primaria se escuchó una frase sencilla pero directa: “No molestar a la naturaleza”. En grados superiores surgieron reflexiones más críticas: “¿Dejarías que asesinos capturen a tu mamá? ¿Por qué cuando es un animal no importa? Apoya a la naturaleza en contra de la caza ilegal.”


Las palabras que marcaron la jornada fueron claras: responsabilidad, respeto, hábitat, equilibrio. Se comprendió que el cuidado de la vida animal no es un gesto emocional aislado, sino una decisión ética que implica reconocer límites y asumir consecuencias.


También hubo espacio para la autocrítica. Se cuestionó la costumbre social de normalizar la presencia de fauna silvestre en espacios domésticos o escolares. Se habló de la necesidad de informarse antes de actuar y de acudir siempre a las autoridades competentes. La presencia de Cormacarena reafirmó que existen instituciones encargadas de proteger los recursos naturales y que el trabajo articulado entre escuela y autoridad ambiental es fundamental.


Esta jornada debía celebrarse no por lo que aparentó, sino por lo que logró: transformar una situación concreta en una lección colectiva. El regreso de las tortugas a su hábitat natural simboliza algo más profundo que un simple traslado; representa la decisión de hacer lo correcto, incluso cuando implica reconocer errores o cambiar prácticas.


El 19 de febrero dejó claro que la educación ambiental no puede quedarse en carteles ni en fechas conmemorativas. Debe traducirse en acciones verificables. El grupo PRAE demostró que la escuela puede ser un espacio donde se corrigen prácticas inadecuadas y se forman ciudadanos conscientes del valor de cada forma de vida.


Para revisar los aportes, evidencias fotográficas y registros del trabajo realizado durante la jornada, pueden consultar el siguiente enlace: Tortugas Libres, Conciencias Despiertas


Hoy esas tortugas ya no están en el colegio. Y esa ausencia, lejos de ser una pérdida, es una victoria porque significa que volvieron a donde siempre debieron estar. La pregunta que queda es directa y necesaria: si ya entendimos que proteger la vida animal implica respetar su libertad y su entorno, ¿estamos preparados para actuar siempre con esa misma coherencia?


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Editado por Alejandra Méndez Baquero

 
 
 

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